Empezaremos con una constatación que, de tan obvia, frecuentemente se nos puede pasar por alto: los objetivos de la experimentación arqueológica desde la investigación arqueológica y desde la didáctica en general y, en particular, desde la didáctica de las ciencias sociales son totalmente diferentes. Por lo tanto, valorar y analizar el papel de la experimentación en ámbitos educativos formales e informales no estriba solo en cómo «trasponerla», «traducirla» o «adaptarla», sino en cómo modular esos objetivos con la finalidad de que se nutran mutuamente. Otra constatación, también obvia, de la que debemos partir es que tanto la arqueología experimental como la didáctica de las ciencias sociales forman parte de ámbitos teóricos y prácticos más amplios que inciden en los objetivos, tanto en un caso como en el otro.
La discusión sobre los límites y/o solapamientos entre la dimensión científica y la dimensión didáctica de la investigación experimental en arqueología se remonta a finales del siglo pasado, cuando empezaron a extenderse los «talleres experimentales» como actividad educativa en museos, yacimientos y parques arqueológicos (Reynolds 1999). Ya en otros lugares se ha remarcado, desde diferentes ópticas, la necesaria diferenciación entre la finalidad científica y la finalidad didáctica de la experimentación arqueológica (Morgado/Baena 2011; Bardavio/González Marcén/Pizarro 2013; Schmidt 2018). En este texto, haremos un repaso de los fundamentos teóricos que subyacen a la utilidad de la experimentación arqueológica en contextos educativos, y se propondrán algunas reflexiones para maximizar sus aplicaciones en términos de aprendizaje.