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La ciudad romana
Los avances conseguidos por los romanos en el campo de la ingeniería militar tuvieron su aplicación en la arquitectura civil. Hasta la época moderna no se volvió a planificar en Europa una red de obras públicas similar a la proyectada por los romanos hace más de dos mil años.
El emplazamiento de la ciudad, la construcción de las murallas, el abastecimiento de agua, el sistema de limpieza a través de una red de alcantarillado, los edificios públicos, el tipo de vivienda y su altura, el número de habitantes que podían acoger... Todo estaba calculado para poder planificar ciudades agradables y funcionales. Había ciudades de dos tipos: colonias o ciudades de nueva creación, como Tarraco (Tarragona) o Barcino (Barcelona), donde los residentes tenían prácticamente los mismos derechos que los ciudadanos de Roma, y municipios o ciudades construidas sobre núcleos urbanos anteriores, que tenían que pagar impuestos a Roma, como era el caso de Emporiae (Empúries), Gerunda (Girona), Egara (Terrassa) o Ilerda (Lleida).
Más allá de las murallas había el ager, los campos de cultivo que aportaban a la población los cereales, el vino, el aceite, las verduras, las legumbres. Esta tierra era explotada por los colonos romanos mediante las villae, unidades productivas autónomas dedicadas principalmente a la agricultura y la ganadería.
Los núcleos urbanos estaban interconectados por una red viaria. Las vías se trazaban salvando todo tipo de obstáculos mediante puentes; también se marcaban las distancias con mojones (miliarios) y se dotaban de zonas para alimentar al ganado y albergues para alojar a los viajeros. La Vía Augusta era la más importante de estas vías: recorría el Imperio desde Roma hasta Gades (Cádiz), siguiendo la costa.